Manuel de Falla: Compositor español gaditano

En la lista de grandes representantes del nacionalismo musical español, el nombre de Manuel de Falla resulta ineludible. Descubramos juntos los hechos más importantes de su vida y obra.

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Manuel de Falla: Pausado genio y rigor

Todo lo que rodea al gran compositor Manuel de Falla evoca las características clásicas de lo saturnino. De delgada contextura, salud precaria, perfeccionismo extremo, temperamento melancólico y lento ritmo de trabajo, obstaculizado además por las vicisitudes nacionales e internacionales, Falla entregó al mundo una obra diminuta en tamaño, pero inmensa en valor. Junto con sus compatriotas Enrique Granados, Joaquín Rodrigo e Isaac Albéniz, entre otros, Falla entra dentro del grupo memorable de músicos académicos españoles dedicados a un estilo nacionalista.

Tal tradición era aún bastante pequeña para inicios del siglo XX; España se mantenía como una suerte de hermana menor musical dentro del escenario europeo, dedicada a la producción interna e informal de su propio folklore mientras seguía académicamente la senda marcada por la creatividad de otros países.

La peculiar alquimia que debía formarse entre el estilo nacional y la vanguardia artística propia del momento, en el continente requería manos de gran pericia. Las manos de Falla fueron propicias para esta mezcla exquisita.

Precocidad gaditana

La combinación comenzó a darse desde su edad más temprana en los años finales del siglo XIX. Su madre, proveniente de la clase alta catalana, pudo enseñarle ella misma los rudimentos del piano clásico. Pero por otro lado, su niñera le cantaba soleares, tonás y seguiriyas, entrenando su sensibilidad para la honda musical flamenca.

El pequeño Manuel pronto demostró aptitudes fuera de serie y fue confiado a severos profesores de alto nivel en cuanto a armonía, contrapunto y solfeo. Pronto Mozart, Wagner y Haydn fueron compañeros de sus prácticas precoces. Para cuando cumplió dieciséis años, ya tenía sus primeras composiciones y la firme convicción de tener como vocación la música.

De inmediato se produjo su crecimiento profesional en la capital del país. Desde 1900, Madrid le ofreció los primeros estrenos de sus obras, desde conciertos para violonchelo y piano, pasando por obras como la Serenata Andaluza, el Vals-Capricho o la canción Tus ojillos negros, hasta pequeñas zarzuelas. Su gran momento de reconocimiento fue el triunfo en el primer premio de un concurso de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con su ópera La vida breve.

Sin embargo, el acordado estreno de la obra en el Teatro Real nunca se produjo. En medio de la decepción por el techo intangible que acababa de ponérsele a su consagración como compositor, Falla decidió continuar su formación y ampliación de contactos en la capital artística del momento, París.

Si tienes un interés especial por todo lo relacionado con la música académica nacionalista, tal vez te resulte de provecho visitar este otro artículo de nuestra web dedicado a la biografía de Edvard Grieg. ¡Sigue el link!

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París: privaciones, influencias y amistades

Desde 1907 en adelante, París significó para Manuel de Falla la introducción en el gran panorama de la música de vanguardia europea, más allá de la frecuente autocomplacencia de lo folklórico que podía encontrarse en su tierra.

Paul Dukas, Maurice Ravel y Claude Debussy, se encontraban en plena actividad creativa, recorriendo los caminos del impresionismo sonoro teñido de lirismo exótico. Pronto el español incorporó este delicado equilibrio francés a sus composiciones regionalistas, como la pieza Noches en los jardines de España.

La ciudad luz no fue, sin embargo, un sitio acomodado para Falla desde el inicio. Para asegurarse el sustento hubo de dedicarse a tocar en compañías cómicas ambulantes, dar clases de piano ocasionales o incluso recoger cupones especiales del periódico que promocionaban comida gratuita. La intermediación de otro genio español, Isaac Albéniz, le aseguró por fin una beca del rey Alfonso XIII para mantenerse en París, conociendo también de primera mano la obra compleja de Mussorgski y Strauss.

El punto más alto de su estancia fue la reorquestación de La vida breve con la ayuda de lujo de Dukas y Debussy, y su estreno ocho años después de lo previsto (1914) con éxito de público y crítica; finalmente Falla obtenía el aplauso merecido. Comprensiblemente, decidió quedarse en Francia indefinidamente, publicando también sus Siete canciones populares españolas. Pero la Primera Gran Guerra alteró sus planes y lo obligó a volver precipitadamente a España.

El amor brujo

A pesar del regreso forzado, 1914 marca el inicio de la madurez de Falla que todos admiramos más de un siglo después. Tras la representación española de La vida breve y las Siete canciones, el compositor compone y estrena el célebre ballet El Amor Brujo, una gitanería en un acto donde se narra musicalmente un drama flamenco de amores tormentosos, magia y espectros. En el siguiente vídeo puede verse la excelente interpretación de Daniel Barenboim de su famosa Danza del fuego:

La oscuridad del argumento, realzada por el tono local con técnica de vanguardia, fue todo un éxito y sigue siendo la partitura más conocida de Falla hasta el día de hoy. Inmediatamente después llegó otro ballet de anécdota más costumbrista, sobre el abuso de poder en el siglo XVIII, titulado El sombrero de tres picos.

La obra recogía el sabor musical de gran parte de las regiones del país hispano y tuvo a su favor en su estreno londinense el performance de los bailarines rusos de Diaghilev junto a los decorados de Pablo Picasso. Su tercera obra maestra, realizada tras una fructífera estadía en Granada junto al poeta Federico García Lorca, fue El retablo de Maese Pedro, una maravillosa recreación del famoso episodio de marionetas del Quijote.

El par de décadas de prestigio nacional se interrumpe por otro desastre bélico, la Guerra Civil española, junto al ascenso inevitable del franquismo. El orden dictatorial intenta atraer a Falla con homenajes, pensiones y cargos, pero el compositor se exilia en Argentina, donde intenta terminar su monumental testamento, la gran cantata La Atlántida.

La obra queda sin terminar cuando las afecciones siempre temidas por el débil músico ganan la batalla, provocando su muerte en 1946. Hasta aquí nuestro artículo sobre Manuel de Falla, siempre recordado compositor de Cádiz. Hasta pronto.

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