Giacomo Meyerbeer: La Grand Opéra francesa

Giacomo Meyerbeer fue uno de los grandes nombres de la producción operística europea en el siglo XIX. Repasemos brevemente su vida y trayectoria musical.

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Giacomo Meyerbeer: El genio de la Grand Opéra francesa

A mediados del siglo XIX, pocos nombres podían rivalizar con el de Giacomo Meyerbeer en el escenario de la música europea. Sus óperas eran las más frecuentemente representadas en comparación con todos los demás compositores legendarios de su tiempo. Sus espectáculos convocaban a masas que luego quedaban deslumbradas por su poderío orquestal. Y hombres como Liszt, Heine o Verdi lo consideraban un gigante constructor de inmensas catedrales musicales. ¿Qué ocurrió con la memoria de Meyerbeer?

La respuesta tiene muchos factores. En primer lugar, Meyerbeer fue el representante principal del género de la Grand Opéra francesa, un espectáculo de maquinaria escénica suntuosa, orquestas enormes, coros numerosos y vastos repartos de primerísimo nivel. La disponibilidad de los teatros y los cantantes para tamaño desafío fue una peculiaridad histórica parisina que no siempre se repetiría.

En segundo lugar, la oposición del movimiento wagneriano en contra de una monumentalidad melódica más sentimental que filosófica fue feroz y constante. Pronto las obras del genio de Bayreuth sobrepasaron a Meyerbeer y fue incluso de mal gusto mencionarlo en conversaciones musicales serias.

Un tercer elemento que es imposible soslayar es su condición de individuo cosmopolita y acomodado. El compositor era un judío alemán adinerado que estudió en Italia para acabar haciendo vida artística en Francia. Los regímenes nacionalistas y colectivistas que irían abriéndose camino en Europa a lo largo de las décadas, no hicieron más que odiar todo lo que representaba el músico. El factor judío era central: las críticas que recibió Meyerbeer en su tiempo hervían de antisemitismo.

Unas ricas raíces hebreas

A pesar de su nombre italianizado, Meyerbeer siempre estuvo orgulloso de su ascendencia judía. Nacido como Jacob Liebmann Beer cerca de Berlín, pudo crecer en una casa de buenos recursos económicos y prestigio social, cercana a los altos niveles de la corte prusiana y receptora constante de personajes célebres como los hermanos Humboldt.

Apenas a los nueve años el joven Jacob ya demostraba excepcionales aptitudes para el piano y pudo estudiar con Antonio Salieri, y con el Abad Vogler en Darmstadt, donde coincidiría con otro joven prometedor, el gran compositor del nacionalismo alemán, Carl Maria von Weber. En esta misma ciudad le sería concedido el cargo de compositor de la corte del Gran Duque de Hesse, lo cual lo ayudó para seguir el camino creativo antes que la senda del virtuoso.

El género que lo atraía era el operístico. Pero luego de ver sus primeros intentos de composición en este género fracasar, decidió que era indispensable ir a Italia para recibir el fruto de su árbol original. Allí descubrió a Rossini en la cumbre de su gloria, recorrió Sicilia recopilando canciones populares y acudió a teatros y museos, tan incansable como el judío errante, como se describía él mismo en una carta.

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El primer gran éxito parisino: Il crociatto in Egitto y Robert le Diable

Finalmente, todos los contactos reunidos, el estudio compositivo realizado y el olfato comercial afinado, llevaron al primer gran éxito de su carrera: Il crociato in Egitto de 1825, un drama de ambientación egipcia durante la Sexta Cruzada. La obra fue la primera muestra del experimento que definiría la carrera de Meyerbeer: la fusión de la melodía vocal italiana con la orquestación potente del mundo sinfónico alemán, en medio de un deslumbrante aparato teatral francés.

Si el primer éxito recogió el interés de los críticos y el agrado del público, la siguiente ópera provocaría el furor del amor apasionado. Robert le Diable haría de Meyerbeer un ídolo del teatro francés. Drama caballeresco con elementos sobrenaturales, se trata probablemente del primer gran ejemplo de Grand Opéra, de melodrama desbordado, virtuosismo canoro y enrevesados efectos escénicos. La obra conquistaría a prácticamente toda la intelectualidad francesa. Incluso un temperamento delicado como Chopin la calificó de obra maestra.

Ganándose incluso una medalla de la Legión de Honor en su pecho, Meyerbeer se instaló a repetir la fórmula que tanto le había funcionado, pero combinando su producción con sus obligaciones como Kappelmeister de la corte prusiana. Fue en calidad de Maestro de Capilla que pudo respaldar al joven Wagner con su primera ópera Rienzi, dándole una primera oportunidad.

El contacto entre ambos fue crucial para bien y para mal. El ingrato Richard pronto arrastraría por los suelos, después de años de elogio interesado, el arte de Meyerbeer en su ensayo antisemita El Judaísmo en la música. Si te interesa la historia del genial Richard Wagner, no dudes en visitar este artículo dedicado a su memoria. ¡Sigue el link!

Los Hugonotes: la obra maestra de Giacomo Meyerbeer

Pero si la gloria ya se había establecido en la vida de Giacomo, Los Hugonotes constituiría la cumbre estética de toda su producción. Calificada por Berlioz como una enciclopedia musical, rompiendo el récord de representaciones en la ópera francesa con más de 1000 y siendo elegida regularmente por los mejores divos de cada época para su lucimiento, la ópera es uno de los grandes monumentos musicales del siglo XIX.

La trama narra con intensidad romántica los sucesos de la Masacre de San Bartolomé propiciada por católicos contra protestantes, mediante la tragedia amorosa de Valentine y Raoul, miembros de bandos contrarios. En el siguiente vídeo puede escucharse una versión de su famoso dueto, con Nicolai Gedda alcanzando notas de altura estratosférica.

Luego vendrían otros éxitos, como el otro drama religioso Le prophète, basado en la vida del anabaptista radical Juan de Leiden, y la póstuma L’Africaine, inspirado en las aventuras del explorador portugués Vasco da Gama. Todos sus personajes operísticos son seres marginados a punto de ser desaparecidos por el entorno, en una probable metáfora de su situación como judío en Europa.

Las enfermedades finalmente hicieron mella en Meyerbeer y abandonó este mundo en 1864. Su obra, sumergida por décadas bajo la corriente wagneriana, ha experimentado, sin embargo, un regreso en este nuevo siglo, como efectivamente merecía. Hasta aquí nuestro artículo sobre Giacomo Meyerbeer. Hasta pronto.

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